19 ago. 2012

Vida en soundtracks


Se entregó desmenuzada y desarmada ante los ojos que brillan y la miran, tirita sin saber muy bien. Es el hombre que encarna la música clásica, el que quiso primero, nunca supo si él la quería, pasó el tiempo y los años, ambos ya eran otros, más sabios y con cicatrices.
Cuando se reunieron después de tantas lunas como dicen los viejitos, ella, Estrella Distante ríe despacio, él la mira, y aunque no la entiende bien escuchan juntos y abrazados, tomando un té sinfónico, la lluvia torrencial fuera de la habitación.
Pero antes las conversaciones cuando eran jóvenes habían sido más directas y sexuales, ahora se miran esperando quien comienza a tender una mano sobre la otra, en un gesto tierno de unión. Ambos tristes, hablan de la muerte, las drogas, las relaciones, la existencia, ordenan sus mentes, se confiesan, alternando sus roles de cura y pecador.
 Hacía mucho frío para ser una noche Parisina en la mente de la Estrella Soñadora, ella comienza a imaginarse esas canciones francesas con acordeón de películas de cine arte, escucha a la Piaf de fondo, se acerca a la otra boca: - qué bonito estás. Por un momento, desconcertada, siente que vive tanto el presente que lo mira y ya no era el mismo que conoció… era él allí, sólo él y su alma, ni pasado, ni futuro, le lee toda la mente, lo abraza fuerte. Esa conexión tan extraña que tenían desde siempre, la Astro pierde la mirada por segundos al olvidarlo todo y ser total con su eros.
Se besan, serpentean las lenguas. La fragmentación, cuerpo espíritu, aquí no cuentan. Con los acordeones de fondo, viendo el rostro de su querido esbozar una perfecta O. Ríen toda el alba, son heridos del alma después de la guerra, las cigarras que juegan a ser pequeños un momento, ovillos de lana que se enredan formando colores prístinos.
-          Tú también eres hermosa, siempre te imaginé - Él juega con su nariz, en los besos esquimales. Toca el cuerpo latino de su Astro Brillante, él y su pasado europeo se refleja en su pálida piel, traería las vidas pasadas de los renacentistas, románticos y simbólicos. Siempre con sus dedos trazando algún ritmo. Esos dedos que bajan y miran los ojos nublecidos de placer.
Luego el dedo repasa la boca de su bienamada, él se ríe de los nervios de la niña que juega a ser grande, se asusta de no quererla demasiado.

-          En las calles de Alemania no nos conocen, la fuga es inminente. Qué bonito estás, qué bonito, qué bonito… Los ovillitos, se abrazan, las caderas hacen vaivenes, se unen, para dormir bajo la lluvia, refugiados, él la abraza fuerte y ella se cobija en su cuello.

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